POR REVERENDO MICHAEL-RAY MATHEWS | 28 de marzo de 2021
Lecturas de hoy
Reflection in English

Tardé casi media hora leyendo las lecturas del Domingo de Ramos, o Domingo de la Pasión. ¡Hay tanto! El camino a Jerusalén, la mujer con el frasco de perfume, la última cena, la traición, el juicio, y la ejecución. En la tradición de mi comunidad, donde el predicador puede hablar hasta 45 minutos, la idea de tener lecturas largas es aterradora. ¡Pasan tantas cosas entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, que uno podría crear una serie dramática de diez episodios para Netflix!

La iglesia donde crecí no seguía el orden del año litúrgico de Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Semana Santa, Pascua, Pentecostés, etc.  Teníamos Navidad, y Pascua. Uno podía ver palmas en el santuario la semana antes de Pascua, pero eso solamente era un preludio del gran día. Para una iglesia que se reunía solamente los domingos, uno podía pasar de las Hosannas del Domingo de Ramos a las Aleluyas de la Resurrección, perdiéndose toda la Pasión entre los dos domingos. Podíamos tener palmas y lirios, pero no cruz, ni lamentaciones, ni tumba.

Luego, cuando me convertí en pastor de una iglesia que sí observaba Cuaresma, descubrí la capacidad de este tiempo litúrgico de comunicar y celebrar cómo el poder del amor de Dios se manifiesta como solidaridad compasiva con nosotros y con el mundo. En la Pasión experimentamos esperanza y júbilo, peligro y trastorno, desesperanza y dolor. Las lecturas tienen un final que nos deja en suspenso… somos testigos de un lamento, un último suspiro, un entierro y  una tumba sellada… continuará.

Como pastor, quise que la congregación experimentara la solidaridad de Dios con nosotros durante todo el año. El Domingo de Ramos, o de la Pasión, nos ofreció historias e imágenes para tener esa experiencia. Comenzamos el servicio con una procesión de palmas, tambores africanos, y Hosannas. Y terminamos el servicio en silencio, saliendo del tempo sin hacer ruido y cubriendo el altar con un mantel negro. Esto nos ayudó a apreciar el poder del amor inquebrantable de Dios y su solidaridad con nosotros en medio del sufrimiento. También nos ayudó a celebrar la nueva vida que sale de una tumba, de la cual el sello ha sido roto.

Estamos viviendo un momento muy largo de sufrimiento en el mundo. En medio de la pandemia, estamos experimentando “de todo” –rabia, miedo y dolor. Incluso con las vacunas, que nos traen esperanza en una nueva primavera en nuestras vidas, debemos seguir reconociendo el poder de la solidaridad de Dios con nosotros.

En la historia de la Pasión somos testigos de un Dios cuyo amor por nosotros es duradero. En la Pasión de Jesús, experimentamos a un Dios solidario con nosotros en medio del sufrimiento. Vemos la compasión que atraviesa el dolor, la rabia y el miedo. Nos recuerda y nos ayuda a querer encarnar esa solidaridad compasiva en nuestras vidas, porque de eso se trata el llamado a amar sin reserva: comprometernos a experimentar, encarnar, y aumentar la solidaridad compasiva de Dios en cada momento de nuestra vida.

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