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BY TIM SEVERYN | May 17, 2018

Esta publicación fue publicada originalmente en inglés y fue traducida al español por Rafael García, S.J.

A la edad de seis años y medio, Roberto* se matriculó en el jardín de infantes, un año atrasado de sus compañeros. Durante los últimos 8 meses, cuando debería haber estado aprendiendo a leer y jugar en el patio de recreo, estaba huyendo con su papá, su mamá y su hermana de cuatro años, Marian, de las pandillas de su país de origen de El Salvador, de los traficantes de personas en la frontera Guatemala-México, de los contratistas pagados en la frontera México-Estados Unidos buscando capturarlo y devolverlo a la violencia de la que había huido meses antes. Él, como tantos en situaciones similares, ha experimentado trauma.

[Sarnil Prasad via Flickr]


Su primer día en Cincinnati, Ohio, él deletreó mamá ven, mamá come, en el refrigerador con imanes. Extendiendo sus habilidades de deletrear a través del tiempo y el espacio, rogando por la seguridad de su familia. Pero pasarían más de cuatro semanas antes de que ICE la liberara a ella y a Marian, de 4 años, a nuestro cuidado. Mamá con un monitor en el tobillo y Marian apenas se recuperada de la varicela que contagió mientras estaba encarcelada en el eufemísticamente llamado “South Texas Family Residential Center”, una prisión en todo menos en nombre, donde tenían que demostrar miedo creíble ante un oficial hostil de ICE . Después de una noche en el aeropuerto, finalmente llegan –una reunión con lágrimas – y sagrada.

El Viernes Santo, las muchas caras de Cristo Crucificado cubrían la cruz hoy durante la veneración en Bellarmine Chapel en Cincinnati.

Así que aquí estamos en 2018: Nuestro gobierno activamente separando familias como eesta con el único propósito de disuadir a otros inmigrantes de venir, de huir de la violencia en busca de una vida mejor.

Aquí estamos: Aceptando encerrar a una niña de 4 años y a su madre en una sala de aislamiento, un confinamiento solitario compartido; aceptando que un niño duerma en una losa/catre pagada con impuestos, en un cuarto oscuro sin electricidad.

Aceptando que tantas familias huyan de las amenazas de muerte durante la mayor parte de un año, solo para ser encerradas por el designado país ‘seguro’ como si hubieran cometido un delito en lugar de ser víctimas de uno.

Nosotros, los estadounidenses, hemos decidido aceptar esto — siempre y cuando estemos seguros.

Pero nosotros, la Iglesia Católica, hemos decidido que no aceptamos esto.

En 2015, el Papa Francisco compareció ante algunas de las personas más poderosas del mundo, el Congreso de los EE. UU., Y declaró: “Tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados”. Busquemos para otros las mismas posibilidades que buscamos para nosotros mismos. Ayudemos a otros a crecer según nos gustaría que nos ayudaran a nosotros mismos. En una palabra, si queremos seguridad, demos seguridad; si queremos vida, demos vida; si queremos oportunidades, ofrezcamos oportunidades. El criterio que usemos para otros será el criterio que el tiempo utilizará para nosotros.”

Los feligreses de Bellarmine y los miembros de la comunidad inmigrante local de Guatemala, Honduras y El Salvador participan en una comida de ‘Comparte el Camino’.

En el otoño pasado, el Papa Francisco invitó a todas las congregaciones católicas de todo el mundo a unirse a él para hacer precisamente eso, lanzando una campaña de dos años con

Caritas llamada ‘Comparte el Camino’. En asociación con los jesuitas, la Red de Solidaridad Ignaciana ha lanzado un esfuerzo complementario conocido como la Campaña de Hospitalidad, con raíces que se remontan a una conferencia intercontinental de la pastoral social jesuita en la República Dominicana el año pasado. Entre los participantes en esa conferencia estaba el P. Dan Hartnett, S.J., veterano misionero en Perú y actual párroco de Bellarmine Chapel en la Universidad Xavier en Cincinnati, Ohio.

Regresó de la conferencia con gran energía, convocando rápidamente a un grupo de feligreses y personal, incluyendo a este autor, un trabajador social profesional, con una simple pregunta: ¿qué podemos hacer? Él se preguntaba cómo podríamos comenzar a cambiar la narrativa sobre los inmigrantes en nuestra nación, o al menos, nuestra comunidad, para pasar de una narración de criminalización a una de humanización.

En el retiro Comparte el Camino de Bellarmine para los feligreses, el profesor de teología de la Universidad Xavier, Dr. Marcus Mescher, demuestra una base bíblica para recibir al extranjero.


Como dijo un feligrés, “no podemos continuar tratando a los sobrevivientes de trauma como criminales, a los preescolares como enemigos del estado. Si descartamos a las personas, las etiquetamos desechables, los excluidos de la Tierra, escupimos la cara de Dios. Jesús se buscó a los más vulnerables y dijo: Te amo, comamos juntos, tengamos compañerismo en la mesa “. La mesa de Bellarmine ha crecido, y hemos tenido una idea del tamaño de la mesa que Jesús imaginó, que Dios forjó para alimentarnos a todos.

Un miembro del Equipo de Inmigración de Bellarmine da la bienvenida a los que asisten a una proyección del documental Human Flow (Flujo Humano).


A partir de esa reunión inicial, hemos expandido rápidamente los encuentros entre nuestra parroquia principalmente de blancos, universitarios, de clase media y media-alta con nuestros vecinos inmigrantes. Hemos formado un Equipo de inmigración parroquial que se reúne mensualmente y ha patrocinado una serie de eventos en los ámbitos de 1) Hospitalidad y construcción de relaciones; 2) Educación; y 3) Incidencia. Llevamos a cabo un evento donde asistieron 250 personas para compartir historias, escuchando a mujeres inmigrantes y a Dreamers compartir sus traumas y triunfos. Acompañamos a cinco mujeres y sus familias cuando lanzaron un negocio de ‘catering’ (preparar y servir comida), con su primer evento, el picnic de nuestra Fiesta de San Ignacio con más de 200 feligreses, sirviendo tamales, empanadas y pupusas, y muy buena convivencia. Tuvimos un retiro de Comparte el Camino con 100 líderes parroquiales presentes. Hemos ayudado a lanzar una nueva organización no-lucrativa en la ciudad, Casa de Paz para sobrevivientes latinas de violencia doméstica. Y recientemente hemos ayudado a la Red de Solidaridad Ignaciana a establecer una coalición de trabajo de obras jesuita en todo Ohio para cabildear sobre el Dream Act con el Senador Portman.

Pero tal vez nuestro encuentro más profundo, aquel en el cual realmente hemos compartido el viaje, expresando hospitalidad en el sentido más radical de la palabra, de identificarnos realmente con el sufrimiento y volviéndonos nosotros vulnerables en el proceso, ha sido con Roberto, Marian, Ella. y Luis, familia de cuatro de El Salvador. Los conocimos a través de Iniciativa Kino para la Frontera, un proyecto jesuita en Nogales, AZ. El proyecto Kino había contactado a Bellarmine unos meses antes con una simple petición: Tenemos una familia que viene de El Salvador, ¿podría su parroquia recibirlos?

El padre Dan quería hacer esto, pero sabía que no podía hacerlo solo. Su estancia en Perú significaba que dominaba el idioma, pero eso no sería suficiente para llevar a una familia de su sufrimiento a la seguridad. ¿Podría nuestra comunidad ir más allá de los adoquines protegidos y los céspedes bien cuidados de la Universidad de Xavier, más allá de nuestro privilegio de clase y la piel blanca, hacia el verdadero encuentro? Una encuesta informal de la parroquia, 750 hogares en total, reveló un solo un puñado de personas de habla hispana, no más de 10 familias. ¿Será suficiente? ¿Podríamos hacer que esto funcionara? El padre Dan se presentó ante la parroquia el domingo y dijo directamente: “Bellarmine, nos han preguntado, ¿podemos responder? Nos han llamado, ¿cómo vamos a contestar?” Él propuso la pregunta ante cada uno de nosotros, y la respuesta fue tremenda, sagrada, bendita.

Habiendo pasado por los Ejercicios Espirituales como comunidad, habíamos sido preparados para el discernimiento y listos para un encuentro real. Queríamos ser un hospital de campo como urge el Papa Francisco, una iglesia que abunda en misericordia y amor. En cuestión de semanas, recibimos un torrente de generosidad. Sólidamente ¼ de la parroquia activamente transmitió el deseo de participar, apoyar económicamente, ayudar con asesoría médica o legal, educar, proporcionar comidas y más. Cuando una familia bilingüe dio el paso para recibirlos en su propio hogar, sabíamos que nos estábamos moviendo con Dios. En los cinco años del P. Dan en la parroquia, fue singularmente la mayor activación individual que había visto. Y entonces dijimos que sí: sí al llamado de Dios, y sí a acompañar a nuestros vecinos migrantes en su trauma hacia la salud.

Ha sido mucho trabajo para apoyar la transición de esta familia, y todavía estamos en el principio del proceso (¡recen por nosotros!), pero hemos avanzados a donde estamos porque hicimos un esfuerzo consciente para trabajar juntos en un cambio de la cultura de la indiferencia hacia la cultura del encuentro, hacia la hospitalidad radical. Cuando nos esforzamos por hacernos vulnerables, Dios mora. Cuando nos esforzamos para hacernos dolorosamente conscientes, y nuestras fortalezas comienzan a derrumbarse, nos convertimos en algo mejor de lo que éramos antes de la conversión. Cuando escuchamos la angustia en los latidos de corazón de nuestros vecinos en nuestros propios pechos, y nos damos cuenta de que la sangre que derraman es nuestra propia sangre, el abuso que soportan es, en parte, nuestro: ya no podemos cerrar los ojos ante su sufrimiento. Cuando esto sucede, sabemos en nuestras profundidades que el Cuerpo de Cristo es real, y todo está conectado en Dios, brillando como el sol. Cuando esto sucede, sabemos que las lágrimas de un niño/a son las lágrimas de nuestros propios hijos/as, gritando ‘mamá, ven’, el llamado de Dios. Y hacemos nuestro mejor esfuerzo para responder, para rodearlos con el mismo amor que hacemos con los nuestros. Me alegro de que nuestra iglesia sea una de miles a través del país tratando de vivir este llamado al amor, esforzándose por vivir Comparte el Camino.

*Los nombres han sido cambiados por privacidad.

BY TIM SEVERYN | May 17, 2018 | EN ESPAÑOL

At six and a half years old, Roberto* enrolled in kindergarten, a year behind his peers. Over the last 8 months, when he ought to have been learning to read and playing on the playground, he had instead been on the run with his papa, mama, and four year old sister, Marian—from the gangs in his home nation of El Salvador, from the human traffickers on the Guatemala-Mexico border, from the paid contractors on the Mexico-U.S. border looking to capture him and return him to the violence he had fled from months prior. He, like so many in similar situations, has experienced trauma.

[Sarnil Prasad via Flickr]

His first day in Cincinnati, Ohio, he spelled mama ven, mama come, on the refrigerator in magnets. Stretching his spelling skills across time and space, begging for safety and security for his family. But it would be more than four weeks before ICE would release her and 4-year-old Marian to our care. Mama with an ankle monitor and Marian barely recovered from the chicken pox she caught while incarcerated in the euphemistically named “South Texas Family Residential Center,” a prison in all but name, where they had to prove “credible fear” before a hostile ICE officer. After a night spent in the airport, they finally arrive—a tearful reunion—holy.  

On Good Friday, the many faces of Christ crucified today covered the cross during veneration at Bellarmine Chapel in Cincinnati. 

So here we are in 2018: Our government actively separating families like theirs for the sole purpose of discouraging other immigrants from coming, from fleeing violence in search of a better life. 

Here we are: okay with locking up a 4-year-old child and her mother in an isolation ward, a shared solitary confinement; okay with a child sleeping on a tax-payer funded slab of a cot in a dark room without electricity.

Okay with so many families fleeing death threats for the better part of a year, only to be locked up by the designated “safe” country like they had committed a crime rather than been the victims of one.  

We, the American people, have decided we are okay with this—so long as we’re secure.

But we, the Catholic Church, have decided we’re not okay with this.

In 2015, Pope Francis stood before some of the most powerful people in the world, the U.S. Congress, and declared: “Let us treat others with the same passion and compassion with which we want to be treated. Let us seek for others the same possibilities which we seek for ourselves. Let us help others to grow, as we would like to be helped ourselves. In a word, if we want security, let us give security; if we want life, let us give life; if we want opportunities, let us provide opportunities. The yardstick we use for others will be the yardstick which time will use for us.”  

Bellarmine parishioners and members of the local immigrant community from Guatemala, Honduras, and El Salvador participate in a Share the Journey potluck meal.

Last fall, Pope Francis invited all Catholic congregations across the world to join him in doing precisely this, launching a two-year campaign with Caritas called Share the Journey. In partnership with the Jesuits, the Ignatian Solidarity Network has launched a complementary effort known as the Campaign for Hospitality, with roots going back to an intercontinental Jesuit social ministry conference in the Dominican Republic last year. Among the attendees at that conference was Fr. Dan Hartnett, S.J., a longtime missionary in Peru and the current pastor of Bellarmine Chapel on the campus of Xavier University in Cincinnati, Ohio.  

He returned from the conference on fire, quickly convening a group of parishioners and staff, including this author, a licensed social worker—around a simple question—What can we do? He wondered how we might begin to change the narrative around immigrants in our nation, or at least our community, to move from a story of criminalization to one of humanization.  

At Bellarmine’s Share the Journey retreat for parishioners, Xavier University Theology faculty, Dr. Marcus Mescher, provides Biblical grounding for welcoming the stranger.

As one parishioner remarked, “We can’t continue to treat trauma survivors like criminals, to treat preschoolers like enemies of the state. If we throw people away, label them disposable, the excluded of the earth, we spit in the face of God. Jesus reached out to the most vulnerable, and said, I love you—let us eat together, let us have table fellowship.” Bellarmine’s table has grown, and we’ve gotten an inkling of the table size Jesus imagined, that God crafted to feed us all.

A member of Bellarmine’s Immigration Team welcomes attendees to a screening of the documentary Human Flow.

 

From that initial gathering, we have rapidly expanded encounters between our primarily white, university-bound, middle and upper-middle class parish with our immigrant neighbors. We have formed a parish Immigration Team that meets on a monthly basis and has sponsored a number of events in the realms of 1) Hospitality/Relationship Building; 2) Education; and 3) Advocacy. We’ve held a story-sharing event with 250 in attendance, listening to immigrant women and Dreamers share their trauma and triumphs. We’ve accompanied five women and their families as they have launched a catering business—with their first event our Feast of St. Ignatius Picnic for over 200 parishioners with fresh tamales, empanadas, and papusas—and much fellowship. We held a Share the Journey retreat with 100 parish leaders present. We’ve helped launch a new nonprofit in the city, Casa de Paz/House of Peace for Latina survivors of domestic violence. And we’ve recently helped the Ignatian Solidarity Network establish an Ohio-wide coalition of Jesuit works lobbying Senator Portman on the Dream Act.  

But perhaps our deepest encounter, the one where we’ve truly shared the journey, expressing hospitality in the most radical sense of the word, of actually identifying with the suffering and becoming vulnerable ourselves in the process, has been with Roberto, Marian, Ella, and Luis, the family of four from El Salvador. We met them through the Kino Border Initiative, a Jesuit project in Nogales, AZ. KBI had contacted Bellarmine some months earlier with a simple request: We’ve got a family coming from El Salvador, could your parish take them in?  

Father Dan wanted to do this, but he knew he couldn’t do it alone—his time in Peru meant he had a command of the language, but that wouldn’t be enough to carry a family from suffering to safety. Could our community move beyond the protected pavers and well-manicured lawns of Xavier University, beyond our own class privilege and white skin, towards true encounter? An informal survey of the parish, 750 households in total, revealed a smattering of Spanish-speakers, no more than 10 families. Was that enough? Could we make this work? Father Dan stood before the parish one Sunday, and directly said: “Bellarmine, we’ve been asked, can we respond? We’ve been called, how will we answer?” He put the question before each of us—and the response was tremendous, sacred, blessed.

Having gone through the Spiritual Exercises as a community, we were primed for discernment and ready for real encounter. We wanted to be a field hospital like Pope Francis urges, a church abounding in mercy and love. Within weeks, we received an outpouring of generosity. Solidly ¼ of the parish actively relayed a desire to be involved, to support financially, assist with medical or legal counsel, educate, provide meals, and more. When a bilingual family stepped up to host in their own home, we knew we were moving with God. In Fr. Dan’s five years with the parish, it was the greatest single activation he’d seen. And so we said yes: yes to God’s call, and yes to accompanying our migrant neighbors through trauma to health.

It has been a lot of work to support this family’s transition, and we’re still early in the process (pray for us!), but we are as far as we are because we made a conscious effort to work together in a move from the culture of indifference towards the culture of encounter, towards radical hospitality. When we strive to make ourselves vulnerable, God abides. When we strive to become painfully aware, and our fortresses begin to break down, we become something better than we were before conversion. When we hear our neighbors’ heartbeats’ distress in our own chests, and realize the blood they spill is our own blood, the abuse they endure is, in some part, our own—we can no longer turn a blind eye to their suffering. When this happens, we know in our depths that the Body of Christ is real, and everything is connected in God, shining like the sun. When this happens, we know the tears of a child are the tears of our own children, crying out mama ven, mama come—the call of God. And we do our best to respond, to surround them with the same love we do our own. I am glad our church is one of thousands across the nation trying to live out this call to love, striving to Share the Journey.  

*Names have been changed for privacy.