POR JOANNA WILLIAMS | 7 de abril de 2019
Domingo de Ramos
Lecturas diarias
Reflection in English

Este año celebré mi cumpleaños el mismo día que Silvia*, una mujer hospedada en nuestro hogar de acogida en Nogales, Sonora, Méjico. Cuando llegué al hogar, las paredes y las ventanas estaban adornadas con globos, pancartas y decoraciones. La Hermana Alicia, directora del hogar, distribuyó botellas de coca cola y un gran pastel de chocolate para compartir.  Junto con las otras mujeres y niños, y también con un grupo que nos visitaba desde California, cantamos, nos reímos, jugamos y nos dimos abrazos de cumpleaños.

Al sentarme junto a ella, mientras comíamos nuestro pastel, me compartió el dolor que traía consigo. Me contó del miedo y del sufrimiento que ella y su familia dejaron atrás en Honduras. Me compartió cómo su hija había comenzado sus dolores de parto cuando estaban en medio de su viaje a través de Méjico, dos meses atrás. Su hija fue echada del hospital casi inmediatamente después de haber dado a luz y antes de poder reunir fuerzas para continuar el camino.

La tensión entre la celebración y la agonía que Silvia y yo compartimos, es el espacio en donde nos encontramos el Domingo de Ramos. Mientras la gente de Jerusalén saluda a Jesús y celebra la gloria de Dios, los fariseos se resisten y, en las sombras, planean su destrucción.

Este domingo comenzamos nuestros ritos sacudiendo las palmas a modo de celebración, sin olvidar que el gran dolor de la Pasión vendrá pronto. Simultáneamente, y antes del dolor del Viernes Santo, Cristo y los discípulos se encuentran celebrando la gloria de Dios en el Domingo de Ramos.

Mientras en el Domingo de Ramos vivimos la tensión entre el bien y el mal, no podemos olvidar que esta tensión continúa en nuestra realidad actual. Sin embargo, también recordamos que en medio de esa tensión somos impulsados por la promesa de que el amor, la vida y la luz de Dios son más poderosas que la oscuridad. La comunidad del hogar de acogida ayudó a Silvia a salir de la oscuridad y a vivir en la luz. Por eso, seamos comunidad para otros y proclamemos una alegría que reconoce el sufrimiento, pero no lo acepta como la última palabra.

*El nombre de Silvia ha sido cambiado para proteger su identidad.

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