POR CECILIA GONZÀLEZ-ANDRIEU | 10 de marzo de 2019
Primer Domingo de Cuaresma
Lecturas diarias
English Reflection

Sus lagrimas me conmueven, es una muchacha joven, mi alumna, y trágicamente no es la única. Sus palabras son pocas al primer momento, pero después se vuelven un torrente de dolor.  Ella ha cargado esta vergüenza por mucho tiempo, y hablar del abuso del que fue victima en su niñez es algo que le da pavor. Pero se llena de valor y por fin confía en mi.

“Free me,” de Natalie Wilkie, 2017. Madera, clavos, hilos. Foto de Elise C. Martínez.

La violencia sexual se vuelve en cadenas que escondemos debajo de capas de encubrimientos, los nuestros y los de nuestros familiares.  Decimos “yo estoy bien,” o nos dicen “ya se te pasará.” Pero las cadenas les dan vueltas a los estómagos y destruyen el apetito causando problemas de salud.  Las cadenas hacen ruidos en las madrugadas y no nos permiten dormir, causándonos depresiones. Las cadenas nos atan a nuestras habitaciones, nos rompen las relaciones con amistades, se hacen presentes en las malas notas en la escuela, o en el trabajar sin parar, o en vivir en un estado constante de pánico que no podemos explicar.

“‘ Y Dios vio lo que Dios había hecho y todo era muy bueno.’”

Ella me mira fijamente, tratando de creer estas palabras.

“Eso se trata de ti,” le explico.

Y de esta forma una, dos, tres, cuatro y mas, muchas mas de nosotras, comenzamos a creer lo suficiente para sacudir las cadenas, para arrancarlas con fuerza, ayudándonos mutuamente a romper los yugos de vergüenza y dolor que nos atan, haciendo que desaparezcan para siempre.

Caminamos juntas, por fin creyendo que somos verdaderamente la imagen de Dios y que la resurrección llegará.

“Sobrevivientes,” somos.

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